MÉRIDA, YUCATÁN — En los últimos años, la presencia del coyote (Canis latrans) en zonas rurales de la Península de Yucatán ha generado creciente atención entre comunidades agrícolas y ganaderas. Aunque popularmente referida en algunas localidades como parte de la fauna nativa o envuelta en relatos del folclore maya, la presencia de esta especie responde a un proceso reciente de expansión territorial propiciado por la transformación del paisaje.
Históricamente distribuido en zonas áridas y desérticas del centro y norte de México, el coyote ha colonizado nuevas áreas del sur y sureste del país debido a la deforestación, la apertura de pastizales ganaderos y la disminución de grandes depredadores autóctonos como el jaguar y el puma.
Biología y parentesco
A diferencia de especies autóctonas como el zorro gris (Urocyon cinereoargenteus o Ch’omak en maya), el coyote es un cánido de mayor tamaño perteneciente al género Canis, lo que lo convierte en un pariente genético cercano del lobo gris (Canis lupus) y del perro doméstico (Canis lupus familiaris). Su capacidad de adaptación a diversos ecosistemas y su dieta omnívora lo convierten en un depredador altamente eficiente.
Impacto en la región y percepción comunitaria
El incremento de incursiones nocturnas en corrales y la pérdida de ganado menor (aves de corral, ovinos y porcinos) ha estrechado la relación entre la actividad ganadera y este cánido. En la tradición oral de la región, los ataques a animales de granja frecuentemente se entrelazan con leyendas locales de seres mitológicos o Wayob, aunque especialistas confirman que las evidencias físicas corresponden a patrones biológicos de caza oportunista por parte de cánidos en la zona.
Autoridades ambientales y biólogos recomiendan a los productores locales reforzar la seguridad de sus corrales y optar por medidas de manejo sustentable para prevenir pérdidas sin alterar el equilibrio ecológico de la región.




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